The Doors…y el arte de darme una voz

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La reciente pérdida de uno de los más finos tecladistas en la historia del rock and roll y el recuerdo de Morrison a 45 años de su muerte el próximo 3 de Julio me llevaron a ciertas reflexiones acerca de la banda californiana, en las que no había reparado.Recuerdo no haberle dado mucha pelota a los Doors hasta que tuve más o menos 16 o 17 años. Era el típico momento adolescente de la vida en que uno no sabe qué carajo hacer para con su futuro y me debatía entre cosas tan distintas como, economista o escribano o dentista incluso, y dejar así satisfechas las aguas familiares burguesas que desde chico a uno le decían que debía seguir una carrera segura y sólida …o apostar por el arte y dar un vuelco de timón definitivo a las cosas; todo esto daba vueltas en mi cabeza en busca de un rayo luminoso, hasta que una tarde de sábado bien al pedo en el que escuchar los Doors por primera vez con atención, cambió para siempre el rumbo de las cosas.

Si bien ya  hacía unos años  me encontraba por demás afecto a un universo más sensible, como ser el del arte en todas sus variantes y expresiones y había comenzado a balbucear mis primeras letras, no había encontrado aún el disparador y catalizador que me alineara definitivamente con todo lo que yo tenía por posible soñar y lograr.

Pero eran los tempranos 90s y es entonces cuando entra en mi vida la película de Oliver Stone, la poesía de Jim Morrison y la música y atmósfera de los Doors, en justamente…The Doors, la película.

A partir de allí quedé fascinado con el universo de los 60s (con el que ya había hecho contacto primigeniamente ese año a través de Woodstock: la película), y la posibilidad de soñar, hacer e ir en busca de los sueños más allá de todo.

Fue la patada al mentón que me despabiló por completo y me dijo: “Que mierda con hacer cualquier poronga que no quieras…hacé lo que te guste loco, pero hacélo ya!”

Y desde entonces mi vida cambió. Me dediqué al arte en toda su extensión y Morrison y los Doors definitivamente tuvieron que ver en ese proceso.

La figura de Jim Morrison como mesías punkie absoluto, de gran parte de una generación a la que le decía casi anárquicamente, que vos eras  algo mucho más vibrante que lo que te decían que debías ser y que a su vez ese vibrar, lo podías lograr con libertad, sueños  y acción, se transformó en mi nave espacial hacia el cambio en la que por supuesto Morrison no iba solo.

En la nave también estaban el espíritu de los Stones sesenteros y de principios de los setentas, la Velvet y su lacerante armonía, poesía y oscuridad, Hendrix y su guitarra de mil mundos sonoros y su pulso libertario, los Ramones y su “Hey ho let’s go” adolescente e inmortal, Bob Marley y sus palabras que eran ríos de paz que corrían a lavar la mierda del mundo y  Dylan al que bueno…es imposible abreviar a Dylan en pocas palabras, pero pongámoslo así, Dylan fue todo mucho antes que todos fueran algo.

Estos héroes y muchos más fueron y son, aquellos que me ayudaron a obtener en ese momento y aún hoy, una voz, una identidad.

Es así que a partir de Morrison conocí, a Aldous Huxley, a William Blake,a Marshall Mac Luhan, a Apollinaire, Artaud, Rimbaud, Baudelaire, Balzac, Kerouac, Borroughs, y así uno me fue llevando a otro y a más y más mentes y hermosos dementes que cada uno a su modo me fueron aportando lo suyo, porque las aguas del conocimiento son infinitas y siempre hay que beber  todos los días algo fresco, algo nuevo.

Y así también el escuchar el álbum “The Doors” (uno de los mejores álbumes debut de la historia) me llevó al “Morrison Hotel”  y este al “Waiting for the Sun” y este al “The Soft Parade” y así y así, hasta beber de esa música y letras para siempre, a los que agregué los libros de poesía de Morrison (“The Lords” y “The New Creatures”) y ya todo era simplemente el espíritu del rock n roll en mi por todo concepto.

El comienzo explosivo de “Light my fire”, el sórdido y onírico serpentear de The End, el increscente y liquido “Touch me”, el sexy y arrollador LA Woman, el espíritu revolucionario de “Break on through”, el fumón y funky “Soul Kitchen”, el nuboso y melancólico “Riders on the Storm”, el predicador y mesiánico  “Tell all the People”, ”Wishful Sinful”, la crónica periodística funky de “Peace frog”, ”Love her madly” y realmente tantos  más, que en tiempos de blues, country blues, pop, soul, rock, psicodelia y puro rock n roll  te llevan de paseo a través de letras y situaciones, que siguen siendo en mi actualidad, verdaderas herramientas de estimulo cuando me siento perdido.

El universo de la poesía Morrisoniana alimentada de espíritu lisérgico y  de importantes raciones de la más selecta literatura inglesa, americana y francesa (Morrison era un lector empedernido, que por épocas desaparecía del mapa, solo para consumir libros como un yonqui, para luego volver al ruedo con universos nuevos que contar) está llena de representaciones místicas, paisajes desolados, climas ensoñadores y sentencias sociales y románticas que en su voz suenan verdades.

La música formada por un batero como John Densmore de formación y pulso jazzero, un pianista como Manzarek, de formación clásica y espíritu también jazzy y un novel violero como lo era Robby Krieger  con intuición para el blues, el flamenco y  gran ductilidad para el jazzeo y la jam session; lograron amalgamar un estilo tan propio y original como pocas veces se dio.

Era un banda hecha para la jam session y en la que se sentían cómodos desarrollando vuelos sónicos de minutos y minutos, no solo en estudio si no sobre todo en el vivo en donde una vez que se comenzaba nadie sabía dónde podían llegar, ni ellos mismos quizás, no solo por este pulso jazz en el que habitaban sino porque  a su vez eran empujados hacia el infinito por uno de los frontman mas hipnóticos, carismáticos e impredecibles que tuvo la historia del rock n roll…el bufón dilecto de Dionisos…James Douglas Morrison.

Estos  conciertos y sus derivaciones, en los que les cargaban motes de todo tipo, como ser: verdaderos viajes liberadores, orgías musicales y carnales absolutas, aventuras magnánimas, y sí lo eran; los hacían tanto solicitados por un público que estaba cachondo de sensaciones nuevas como por promotores de conciertos que iban en busca del billete, no sin el temor de lo que pudiera suceder en cuanto al carácter imprevisible de Morrison, del que  nunca sabían con cual se iban a encontrar y al que el quilombo lo acompaño siempre.

En su música y letras la banda era toda una. No todas las letras eran de Morrison, gran parte lo eran de Krieger y en cuanto a canciones todos componían. Es difícil pensar que la banda en lo compositivo recaía si o si en alguien, más allá de la figura y magia obvia de Morrison.

Pero los Doors eran una banda en que el instrumento que los definía y definía su sonido, era el teclado de Ray Manzarek. Sus órganos Moog, Vox,etc, eran el punto singular en donde la banda tomaba vuelo y clima, era el instrumento y el músico que hacían que la banda tuviera aun hoy un estilo indefinido e inclasificable, a la vez por tanto, que original y único. Era el puto Bach del rock and roll.

Manzarek desplegaba capas de sonido en su teclado y soltaba acordes de todo tipo (blues, clásicos, arreglos mínimos, etc) mientras que hacía las veces de bajo con su otro  órgano Fender Rhodes, ambos con una ductilidad y flow demoledores. Densmore  en esa base rítmica se mostraba seco pero  no por eso menos groovero;  y Krieger que iba soltando riffs justos, punteos y efectos que surfaban las canciones sobre el filo de la ola, hacían de estas, elementos que terminaban de tomar vida y espíritu a través de una de  las voces más sexys y sofocantes de la historia, como lo era la de Jim Morrison.

Durante un tiempo fueron sin duda “la” banda de LA (por fuera de la escena de los Jefferson Airplane o los Gratefull Dead y toda la movida paz y amor de Haight and Ashbury) y más allá de los momentos de caos interno, ellos se las arreglaban y mantenían una sinergia creativa más que interesante a la que se le sumaba el efecto de tener un “líder”  que fue inspiración de mil  más que  vinieron después.

Para el caso, Iggy Pop siempre cuenta el día que vio a los Doors y a Morrison (vestido de pantalón de cuero rojo, torso desnudo y absolutamente desconado) en una universidad de Chicago y al ver como los “chicos bien” se irritaban frente a su presencia y las chicas morían a sus pies, decidió largar todo a la mierda y dedicar su vida al rock and roll por el resto de sus días.

Es decir, mínimo, sin Morrison quizás no hubiéramos tenido a la iguana. Pero extrapolemos por un instante a Morrison del mito de desbande etc: es por todo este legado e historia descrita anteriormente que Los Doors aún hoy, siguen siendo una de las bandas más originales de  la historia rockera de Los Ángeles y Jim Morrison uno de los frontman y letristas  más personales y originales de la historia del rock and roll.

Aún hoy a casi veinte años me es imposible no visitar esas canciones cada tanto, tirado en algún camastro, entre cerrar los ojos y entre volutas de humo canturrear hipnóticamente por lo bajo como si de un mantra se tratara: “cuando la música es tu único amigo, danza en el fuego mientras se proyecta, la música, tu amigo especial, ese único amigo, hasta el final…y cuando la música termine…apaga las luces”. Entonces…obtendrás una voz.

10537299_557830844342581_5225059312461137906_n  Jorge Trigueros: Le gusta las películas, leer, la música y si es posible un cóctel de todo. En el arte como en la música su entusiasmo es infinitamente superior a su talento, no le gusta perder discusiones.

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